El territorio de la memoria alberga historias que jamás fueron contadas, que subjetivizan nuestra identidad y especulan sobre nuestro ser. Escondidas en recipientes descontextualizados y sin ningún intento de categorización, yacen estas historias que solo pueden ser percibidas por la subjetividad de quien se aproxima. Son invisibles, etéreas, potentes y constantes. Mundanas pero extrañas - historias que determinan, coaccionan y modifican.

La incomodidad que se desprende de la Extrañeza, funciona como catalizador de cuestionamientos de nuestra propia identidad. En el territorio de lo Extraño, creamos rituales que pretenden liberarnos de cargas profundas de nuestras historias ocultas. Estos rituales íntimos adormecen las cargas, pero no nos permiten lidiar con nuestras Extrañezas, y sobre todo, nos impide verlas en relación con los demás. Cargamos historias que callamos, que a su vez nos diferencian y nos unifican, que ritualizamos hasta (casi) volverlas mitos.

La disposición de la obra en el espacio expositivo sirve entonces como un "lugar de manifiesto" de estas historias, para que aún invisibilizadas, reconozcamos los recipientes donde las albergamos, dándoles así, por lo menos, un lugar de descanso.

En la Extrañeza nos encontramos, guardando en pequeños recipientes nuestras historias no contadas, pero reconociendo que son ellas quienes hablan por nosotras, quienes aún cuando no nos damos cuenta, dan forma a nuestra propia identidad.

Clic aquí para ver la entrevista con Laura Alsina de el programa de arte y cultura Taquilla Inversa sobre la exposición Pequeñas Extrañezas de Cuentos Sin Contar.